Carl Sagan
Una de las
leyes básicas de la física (Primer Principio de la Termodinámica) reza que ni la materia ni la energía se
destruyen, sólo se transforman. Al ser la tierra un sistema cerrado, toda la
materia (orgánica e inorgánica) que existe en nuestro planeta es básicamente la
misma que existía hace 3.500 millones de años cuando se inició la vida en nuestro pequeño y azulado hogar
cósmico.
Uno de los elementos esenciales en la conformación del universo es el carbono, de hecho es el cuarto elemento más abundante en el cosmos, y como tal, ha estado presente en nuestro planeta desde su formación. El carbono es uno de los elementos fundamentales para la vida. Si excluimos el agua, los tejidos de todos los seres vivos están conformados en más de un cincuenta por ciento de moléculas de carbono.
Las
plantas, a través de la fotosíntesis, son los únicos seres vivos que tienen la
extraordinaria capacidad de tomar el carbono que existe en la atmósfera,
combinándolo con el agua y la luz proveniente del sol, para transformarlo en
materia orgánica (celulosa, azúcares y almidón). Esta materia orgánica va a
constituir la base de todas las cadenas alimenticias que sustentan la vida en
la Tierra. Este es el milagroso principio de absolutamente todas las cadenas
tróficas de nuestro planeta, el origen del ciclo del carbono y la base de todo
lo vivo. Mediante una cadena de maravillosas reacciones, se transforma lo
inerte, lo químico, la luz, el dióxido de carbono,… ¡en vida!
Los átomos de carbono que las plantas toman del aire para realizar la fotosíntesis se hacen parte de todas y cada una de sus moléculas orgánicas, y al ser estas ingeridas por un herbívoro (incluyendo al ser humano), se hacen parte a su vez de ese otro ser vivo. Si este consumidor primario sirve de alimento a un depredador, o incluso a un carroñero, sus moléculas de carbono son incorporadas a los tejidos de éste, pero como los tejidos de todos los seres vivos se están oxidando y reciclando en forma constante, regresando al medio ambiente que nos rodea, siendo sustituidos por nuevas moléculas de carbono provenientes de los procesos biológicos de otros seres vivos, tenemos entonces que las moléculas de carbono que integran nuestro cuerpo fueron, desde hace 3.500 millones de años, parte integrante de otros seres vivos, es decir, en nuestros cuerpos conviven moléculas de carbono que en otro tiempo integraron el cuerpo de dinosaurios y gigantescos cedros del Líbano, de soberbios tigres de Bengala y de humildes bacterias microscópicas, de delicadas mariposas monarca y de colosales ballenas azules. Las moléculas que conforman nuestros tejidos un día formaron parte de las manos con las que Juan el bautista derramó agua sobre la cabeza del Cristo; fueron parte del cuerpo del caballo del profeta Mahoma y de la higuera que cobijó a Shidartha cuando este transitaba el camino hacia la paz perfecta del nirvana para convertirse en Buda.
Bien
sabía de lo que hablaba el Cristo cuando tomando pan
(carbohidratos) y vino (azucares fermentados) dijo:
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”.
Los
átomos que conforman nuestros cuerpos en algún momento volaron por sobre las
cumbres nevadas de los Andes y los Himalayas, habitaron los oscuros y fríos
abismos del fondo de los océanos y fueron parte del inmenso mar de vida se
extiende por la Amazonia.
Algunas de nuestras moléculas orgánicas estuvieron, durante millones de años, sepultadas en capas geológicas en forma de petróleo y carbón; cuando estos hidrocarburos fueron extraídos y quemados, fueron respirados por plantas quienes las convirtieron en azúcares y almidones, mismos que ingerimos en nuestros cotidianos desayunos y que se vuelven parte de nuestro cuerpo al ser digeridos.
Nuestro
cuerpo está hecho de polvo de estrellas. Al principio de los tiempos, en los
hornos estelares, las cenizas de hidrógeno provenientes de la gran explosión
primigenia se convirtieron en los primeros átomos de carbono que posteriormente
darían origen a la vida.
De las
estrellas venimos y a ellas, algún día, cuando nuestro sol convertido en un
gigante rojo queme a la tierra, deberemos regresar.
Así
lo visualizó, con su sensibilidad de místico y poeta el padre Ernesto Cardenal
cuando en su Cántico Cósmico dijo: ¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos.
Todos
los elementos de nuestro cuerpo y del planeta estuvieron en las entrañas de una
estrella. ¡ Somos polvo de estrellas! El famoso astrofísico Neil de Grasse
también lo ha expresado con hermosas palabras: “Muchos, al mirar las estrellas,
se sienten diminutos porque el universo es inmenso. Yo me siento enorme porque
todos los átomos que me forman vinieron de esas estrellas”.
En cada ser que habita en la tierra late el alfa y
omega de la vida; cada planta, cada animal, cada bacteria es principio y fin,
la parte y el todo de la maravillosa y mágica trama de la vida.
Cuando defendemos las otras formas de vida que existen en la tierra estamos defendiendo lo que ayer fuimos y lo que mañana seremos. La vida es una sola, ella fluye y palpita, nace y se consume para de nuevo renacer en una trama eterna y sagrada de la que el ser humano es apenas una parte y sobre la que no tenemos derecho alguno a alterar o destruir.



